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Capítulo I: Despertar

Las ramas se batían lentas ante un suave viento del oeste, último testigo de las salvadas tormentas. El cielo, claro, brillante y despejado, terminaba en un horizonte abarrotado de grises nubes en retirada. En el camino central del bosque, un carruaje atravesaba con cierta ligereza el barro, procurando no quedar varado. Dentro de él, las risas y los gritos se mezclaban, haciéndose audibles en varios metros a la redonda.
-¡Basta! ¡Quédense quietos! -gritó la mujer a los niños que, sentados frente a ella en el carruaje, tiraban de piernas y brazos una muñeca de trapo, riendo cada vez que alguna de sus extremidades se descocía. No hicieron ningún caso a su madre y continuaron el juego, mientras la mujer se tomaba los costados de la sien y, asomando la cara por la ventana, decía-: ¡Martén! ¿En cuanto llegamos? La cabeza me está matando.
El esposo, quien se encontraba sentado junto al chofer, apenas prestó atención a la pregunta, respondiendo:
-Son sólo un par de horas, Crera. ¡Has callar a los niños! Despertarán a los animales...
La mujer volvió a meter su cabeza por la ventana y, acercándose amenazante a las caras de las dos criaturas dijo:
-Ya escucharon a su padre: si continúan molestando, los lobos del bosque vendrán a buscarlos y los dejarán justo como esa muñeca. ¿Entendieron?
Ambos callaron asustados, mirando por entre las cortinas la espesura, en busca de la amenaza anunciada. Fuera, el padre y el chofer conversaban con tranquilidad.
-Ha sido un viaje tranquilo. Tuvimos suerte de permanecer en la posada durante la tormenta. Es un extraño clima para este momento del año, ¿no le parece?
-Es cierto -contestó el chofer-. De todos modos este bosque siempre fue la zona más húmeda del reino; este tipo de lluvias se dan durante todo el año.
-Incluso este barro es maravilloso -exclamó el hombre, llenando sus pulmones del aroma que les rodeaba-. En nuestra morada pasamos meses enteros con un calor abrasador para que sólo un triste viento corra este mes; si no tuviésemos esta casa, creo que mi mujer moriría, más que del calor, de los nervios. Si la viera en las habitaciones, en su cama todo el día con los niños correteándole alrededor...
-Debe ser un sufrimiento enorme para ella- respondió el chofer con amabilidad.
-¿Para ella? ¡Para mí querrá decir! -replicó el hombre burlón-. Tener que soportar sus quejas cada vez que hace calor, lo que significa todos los días, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Claro que se calma con solo recostarse en un sillón y ser abanicada por algún esclavo.
-¡Eh! -gritó la mujer asomándose nuevamente-. ¡Déjate de hablar mal de mí! ¿Te parece bien andar contando nuestras cuestiones a cualquiera?
-¡Está bien, está bien!- respondió el marido ofuscado, pensando para sus adentros que ella tenía razón.
El conductor, cambiando de tema para salir de las circunstancias preguntó:
-¿Cuándo es que va el Señor a Grista? ¿Me había dicho esta semana?
-Sí -respondió el otro-, es esta semana, por unos pocos días solamente. Tengo que arreglar con el comerciante de esta zona por las cosechas. Me han dicho que se está tomando la costumbre de cobrar de más sin decírmelo. No es un problema que pueda obtener mayor cantidad de dinero, ¡mejor será!: mientras alguien pueda pagarlo entonces ganaré. Pero que sea él quien se quede con la diferencia, es otra cosa.
-¿No puede usted acudir a los soldados para encerrarlo?
-Eso preferiría evitarlo... -dijo el hombre poniéndose algo incómodo-. Hay cuestiones de impuestos sin resolver -agregó, pero notando que había hablado de más, añadió-: Es mejor que lo arregle yo mismo.
Dentro, la esposa intentaba controlar nuevamente a los niños, a los que el susto les había durado poco.
-¡Les dije que se queden tranquilos! Cuando lleguemos van a tener todo el tiempo para jugar, pero este viaje ya es bastante molesto como para que ustedes lo empeoren.
No había terminado de decir la última palabra cuando el carruaje dio un súbito freno que casi lo hace volcar, sacudiéndola a ella y arrojando a los niños contra la puerta.

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Volumen 1


Querido amigo:

La historia es eterna e infinita. Inútil es decir algo sobre ella, pero sin embargo, humanos o no, seguimos haciéndolo, en un intento por creer que podemos verla, aunque más no sea en algunas palabras.

Puedes intentar contar como se sucedieron los hechos, pero me pregunto porqué lo harías. ¿Acaso impedirás que no se realicen nuevamente? ¿Acaso la especie que se piensa reinante entenderá? Sé que no lo hará, auque trate de convencerme de lo contrario. Y no la culpo por ello: simplemente no puede hacerlo. También quisiera tener en mí esa carencia, y tantas otras. Pero no estoy más que dotada de interminables conocimientos, que no son sino limitaciones. Por más que se intente renegar de ellos una vez alcanzados, volverán a arremeter cada vez más feroces contra nuestras puertas.

Me preguntas si puedo ayudarte en tu reconstrucción. Amigo mío, no puedo hacerlo.

Sabes que no es la voluntad quien me lo impide, sino la fatalidad. Me pides que te relate los momentos cruciales, las fechas de importancia, cuando sé que cada instante, hasta el que no dio más que la caída de una hoja, o una pequeña brisa matutina, fue necesario e indispensable para que hoy esté diciendo todo esto, y tú estés deseando contarlo.

No quiero que pienses en la posibilidad de una mala disposición en mí, ya que nada de ella hay. Por esto, sólo puedo ofrecerte las respuestas a las preguntas que necesites hacerme, cuando necesites hacerlas. Si consideras que te ayudarán en tu camino de regreso al pasado, entonces te las entregaré sin miramientos. Sin embargo, el comienzo y el fin de la porción de vida que quieres relatar, deberás indicarlo tú, porque para mí, ni el uno ni el otro existen. La senda epistolar será quizás poco recomendable para algunos trechos; no dudes que voy a estar a tu lado en el momento indicado para que dejes en claro todas las dudas que te aquejen.

Debo hacerte una aclaración más, que responde sólo al aprecio que me inspiras: respeta los silencios que necesite imponerme, porque ellos conllevan un bien real, auque tú quizás no lo entiendas; puede que necesite callar para no incurrir en una impertinencia, o que no ahonde en un asunto del que ninguno obtendría provecho. Confía en mi capacidad de palabra y silencio.

Esperando saber de ti pronto.
A.

Artículo extraido de Entendimiento de Sangre

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